Un fantasma (bohemio) recorre Córdoba

Todas las pistas fueron falsas, la ópera prima de Alejandro Cozza, filma el espejismo de una bohemia cordobesa que no encuentra su horizonte. Se ve desde el próximo jueves en el Cineclub Municipal. 

Todas las pistas fueron falsas (2022), Alejandro Cozza

Por Iván Zgaib

*Esta crítica fue publicada el 11/03/2022 en La Nueva Mañana

Alejandro Cozza, un incansable militante cultural de Córdoba (formador de cuadros cinéfilos en las unidades básicas del cineclubismo y del videoclub Séptimo Arte), está a punto de rayar otra baldosa en la ciudad: estrena Todas las pistas fueron falsas, su primera película como solista. 

En ella le dedica un protagonismo estelar a los adoquines cordobeses y, cada tanto, amenaza con mostrar la arena. Para un cine vernáculo que ha sido especialmente reacio a filmar las tensiones políticas de su ciudad, el film de Cozza se quita la mordaza de la boca para empezar a balbucear cierto malestar (un gesto más o menos compartido con otros films recientes: el Polk-ostumbrismo de Bandido, el realismo de papel de Las motitos y la paranoia fallida de El oso antártico, co-dirigido por el propio Cozza). La tercera escena de Todas las pistas ya enuncia esa pesadumbre en una conversación casual: Fernando le cuenta a una amante que su abuelo participó del golpe del ‘55. Dice que era un gorila; religioso y conspirador. “Viste cómo es Córdoba”, le responde ella, “tan docta, tan casta”. 

Los 70 minutos que siguen están destinados a revolver la basura de la calle, como un intento por rescatar algo perdido. Un contra-campo de aquella Córdoba come-hostia: el espejismo de la bohemia subterránea, habitada por artistas aficionados y borrachos profesionales. Allí se mueve Fernando. De librería en bar, de proyección en lectura, de reviente en resaca: un andariego baudelairiano, arañando los cuarenta años.  

Cozza registra ese merodeo como si estableciera una comunicación fantasmal con dos ancestros lejanos: Tiro de gracia de Richardo Becher y La mamá y la puta de Jean Eustache. Es decir, como si buscara un cine aferrado a la realidad más conocida; describiendo en detalle sus partículas. La posibilidad de hacer una etnografía con tus propios amigos: diálogos intrascendentes y paseos sin rumbo que amparan la promesa de un retrato generacional. 

Al perseguir el flujo de lo real, la narración de Todas las pistas se fuga. Está hecha de fragmentos y desvaríos que parecen conducir a ningún lado más que a una forma de experiencia. Andar por la noche: una juventud eterna. Cada escena es un instante que posee cierta autonomía, por lo cual su eficacia no depende tanto de la ingeniería narrativa, sino de la capacidad para transmitir una suerte de energía vital. Y la película de Cozza logra algunos hallazgos y otros los pierde en su deambular: una animada discusión sobre el cine de Jacques Tati expresa la conexión amorosa entre los personajes y el arte, pero una conversación incómoda afuera de la librería atenta contra todas las pretensiones naturalistas del film.   

Su mejor defensa es la capacidad descriptiva. El city-tour trasnochado de Fernando esconde una voluntad de registro que va expandiendo su universo cultural (algo bienvenido en el marco de un cine local enclaustrado en sus propios mundos bacteriales). Acá vemos presentaciones con directores hiperbólicos, fiestas adormecidas de electrónica, recitales de bandoneón vergonzosos. También hay una atención cuidada por filmar los objetos que nutren la afectividad de sus protagonistas (como los discos de vinilo que abrazan a Fernando en su soledad). Pero la decisión más radical no recae en la romantización de aquella cosmogonía bohemia, sino por el contrario, en el hecho de presentarla como los restos de una civilización en decadencia. Los artistas son insoportables o fallidos o frustrados. Los paseos de Fernando son constantes: un loop que gira sobre sí mismo. La abulia le gana a la salvación. 

Incluso si la composición dramática no siempre es precisa, el film deja algunas huellas reveladoras sobre esa bohemia en crisis (que es, al mismo tiempo, una crisis de la madurez). Fernando intenta dedicarse a escribir pero no puede; intenta tener una vida diferente pero se le resbala de los dedos. ¿La contra-cultura, después de todo, no fue lo suficientemente tenaz como para hacerle contra a Córdoba? 

Que las alcantarillas culturales no sean un refugio capaz de soportar (ni mucho menos dinamitar) a la Córdoba reaccionaria, significa que son un escondite al desnudo. La bohemia, en vez de un arma, es maquillaje. El merodeo, en vez de revolución situacionista, es caminata en círculos. Cozza no filma a sus criaturas como si estuvieran por encima del oscurantismo cordobés, sino imbuidos por sus sombras. Perdidos, sin saber con qué responder.  Allí está el dolor enterrado de la película. 

* Todas las pistas fueron falsas se estrena el jueves 17 de marzo en el Cineclub Municipal. 

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