La leyenda de Ana y los crotos

Que vivan los crotos (1995), la ópera prima de Ana Poliak, es una de las películas más secretas y hermosas en la historia del cine argentino. Se verá por streaming en los canales de youtube y facebook del Cineclub La Quimera, el jueves 16/04 a las 20:30.

vlcsnap-2020-04-07-13h06m13s776Que vivan los crotos (1995),  Ana Poliak

 

 

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada el 13/04/2020 en La Nueva Mañana

 

 

Ana Poliak cruzó Buenos Aires para encontrar a Bepo y sus amigos. 

Todos, hombres y mujeres que aparecen en ese paisaje bonaerense de pueblos apacibles y austeros (calles desiertas; cielos expandidos, lilas y recién despiertos), intentan responder a una pregunta de proporciones legendarias:  ¿ qué / son / los crotos ? 

Una viejita, la enamorada secreta de Bepo, le confiesa a Ana: “Yo siempre creí que eran esa gente vieja que se ponía debajo del puente, que tomaba mate y alguna gente vecina le alcanzaba algo” 

Un señor de corbata, hablando frente a un auditorio de oyentes sentados en sillas de oro resplandecientes, agrega: “Siempre he creído que los crotos o linyeras habían sido una rara fauna de vagabundos, rateros, haraganes, casi delincuentes (…)”

Y esa imagen, capturada en las entrañas de una conferencia, sirve como la exhibición de otra especie; una criatura de naturaleza distante y extraña a aquella que engendra Poliak en su propia película. Incluso cuando parece girar en torno a entrevistas sobre vagabundos que eligen una vida al costado de la ruta (o, para ponerlo de manera más directa: al costado de la sociedad entera), Que vivan los crotos (1995) se trama más allá del gesto meramente testimonial,  informativo o conferencial (y muchísimo más allá de las pretensiones de denuncia social). La pregunta que importa no es la que guía parte de las entrevistas (¿qué son o cómo viven los crotos?), sino aquella que cristaliza su coraza formal: ¿cómo filmar esa libertad crotera?

 

 

Crotos o linyeras: seres legendarios, cuyas historias se pasan de boca en boca pero quienes las escuchan y quienes las cuentan no terminan de diferenciar qué es real y qué es mito (¿viven bajo puentes? ¿salen de noche? ¿saltan del techo de los trenes mientras van andando a la velocidad de la luz y las costumbres prohibidas?). Ni Bepo ni sus amigos, todos linyeras y anarquistas autoconfesos, parecen capaces de definir con exactitud cómo eran sus vidas en los albores del croterismo.

Uno de ellos, sentado sobre la piedra solitaria de un monte, llega a decir (con la voz quebrada, mientras recita sus recuerdos): “Hay momentos que me producen ahora, en la vejez, cierta emoción y angustia que no puedo expresar mejor de lo que quisiera”.

Otro de los amigos, registrado en un plano extenso sin cortes, recuerda el nacimiento de su amistad con Bepo: habla entrecortado, como si estuviera leyendo por primera vez los detalles de su propia historia, y luego se arrepiente y dice que está nervioso, que no le gusta la manera en que habló de un tema que conoce tan profundamente.

Esa frustración es la que Poliak busca reponer en el transcurso de la película: reconoce que el acto de recordar (por la cualidad delicada que posee la memoria) es en sí mismo un acto de ficcionalización, de puesta en escena. Por eso las entrevistas no son prístinas, sino que están llenas de interrupciones y tropiezos. Por eso, también, la película se alimenta de pasajes lúdicos y ficcionales donde los crotos interpretan las hazañas de sus vidas libres y austeras. Como señala Ramiro Sonzini, Poliak nos recuerda dulcemente que el registro del cine es mediado antes que puro y directo.

 

 

Cada decisión desplaza a la película en ese camino. Es el intento de recrear el estado de una vida o una forma de vivir que los protagonistas no pueden expresar u honrar como quisieran. Y gran parte de aquella tarea depende de la atención que Poliak destina a los paisajes, procesados y registrados de manera diversa, siempre con el objetivo de cartografiar la emoción con que fueron experimentados por los linyeras.

Aquí, una lista apresurada de decisiones tomadas con precisión tierna: 

Se despliega un retrato de corte impresionista, capturando la inmensidad de la naturaleza (transformada, segundo a segundo, con el soplido del viento o con los ciclos de la luz solar).

Se reencuadran las siluetas y los objetos según el propio antojo (libertad conferida por el ojo milagroso de la cámara).

Se hace ver a los hombres como seres diminutos con plena autonomía para abrir sus propios senderos por el mundo.

Se agrandan (en tamaño y tiempo de atención) objetos que parecerían insignificantes (huevos duros apilados en una olla pequeña, gajos de naranja reposando en una heladera vacía, zapatos utilizados como billeteras transitorias); todas imágenes pregnantes que evocan el recuerdo de un momento y de una vida austera.

Se vuelve una y otra vez sobre los trenes, un motivo visual (rítmico, metafórico, sensorial) que marca el pulso de la experiencia linyera. 

 

 

Considerando la conexión mística que une al cinematógrafo y los trenes (ambos inventos técnicos que emergieron del tiempo precipitado y efímero de la era moderna), la fascinación de Poliak por aquellas figuras es interesante por múltiples razones. Empecemos por la más evidente: que el impulso y el movimiento registrado, el de los crotos subiendo y saltando como niños alegres por las vías, corresponde a una cartografía alternativa. Ese movimiento no conoce trayectos dados de antemano. Todo el film es, en ese punto, una fuga a la vida formateada por las sociedades industriales (encarnadas simbólicamente por los trenes, reactualizadas hoy por el Google maps que lo ve todo).

Pero al margen de eso, Que vivan los crotos sobrevive como una reliquia de la memoria, de otro tiempo que parece cada vez más distante y perdido. Filmados en el ‘89, los trenes y las vías y las tácticas de resistencia al sistema plasmados por Poliak parecen haberse congelado en el momento justo: los últimos suspiros entrecortados, antes de la voracidad que desperdigaría el menemismo. 

La libertad de las personas iba a estrecharse (¿que vinieron a decirnos sino? ¡la libertad es del mercado, estúpido!). Pero acá, en el film de Poliak, permanece expandida en dimensiones colosales. Sobrevive. Un poco como un recuerdo. Un poco como un largo sueño. Un poco como una leyenda secreta que se transmite por lo bajo: de pantalla en ojo, de espectador en espectador. Así se resguarda, también, una de las películas más valiosa de nuestro cine. 

 

* Que vivan los crotos se transmitirá en vivo por los canales de youtube y facebook del Cineclub La Quimera, el jueves 16/04 a las 20:30 hs:  

 

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