Moondog, santo patrono del placer

Sin distribución en Argentina y sin repercusión en la crítica, The Beach Bum de Harmony Korine es un antídoto lisérgico contra el cine de la solemnidad: un poema luminoso cuya única brújula es el placer.

harmony-korine-beach-bum-behind-the-scenes-gq-11-e1554738612868The Beach Bum (2019), Harmony Korine

 

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada el 25/10/2019 en La Nueva Mañana

 

Ninguna bucata de las salas argentinas temblará de placer con The Beach Bum, pero los espectadores pudieron volver a sus casas secándose lágrimas lastimosas después de ver Beautiful Boy. ¿En qué momento creímos que el cine era un ring de barro para hundirnos en miserias? El abismo entre esas dos películas puede servir como un faro de lectura. Allí se vislumbra un decálogo de malas costumbres: distribuidores-especuladores que visitan mercados de cine como si se tratara de la bolsa financiera; corporaciones que entregan premios para calmar culpas y celebrar “temas importantes”; críticos que se suman a la fiesta, sin objeciones ni preguntas. 

En Beautiful Boy, que tuvo el privilegio de estrenarse en salas locales, un pibe adicto entra y sale trágicamente por las puertas de un hospital de rehabilitación. En The Beach Bum, la película de Harmony Korine que no se vio ni se verá en Argentina, un poeta vive drogado pero es filmado como un héroe dionisíaco. Nada de gravedad ni pesadumbre, ninguna moraleja: por algo el filme parece condenado a desaparecer, como si se tratara de una obra menor, superficial y (según algunos policías del gusto) “desenfocada”. 

A los escépticos habrá que responderles que The Beach Bum es tan desenfocada como Moondog, su protagonista: un tipo despreocupado, que se tambalea por las calles con una sonrisa de idiota encantador mientras abraza el gatito que encontró a orillas del puerto; un pirata fumón que se dedica a escribir poemas de una dulzura cruda como ésta: “me levanté a las 4 de la mañana y tuve que mear, como hacen los tipos, y miré mi pija. Y al hacerlo sentí tanta ternura en mi corazón, sabiendo que había estado adentro tuyo dos veces ese día”. 

Moondog es el tipo de padre reventado que llega tarde al casamiento de su hija y hace chistes sobre la pija del novio; es el tipo de poeta soñador que arma un batallón de linyeras para entrar a la fuerza en la mansión de la cual fue expulsado y bañarse en sus piscinas cristalinas. El desenfoque de Moondog (y, por consiguiente, de la película) se traduce en libertad: una insolencia ante algunas reglas (sociales y cinematográficas) que molesta a cierto escuadrón del cine institucional. 

Aspectos como el paisaje de emociones placenteras y el quiebre con las narraciones focalizadas se condensan hermosamente en una de las mejores escenas del filme. Moondog encuentra a su esposa besándose con un amigo, bajo el estallido de fuegos artificiales y el riff hiperventilado de una canción de The Cure. Pero la escena no es seguida por ninguna pelea a gritos: al contrario, el protagonista se da un suave chapuzón en la pileta, sale del agua sonriente y encuentra a su hija que lo espera para bailar.

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La película no sólo elige un encuentro humano antes que el resentimiento, sino que además desvía las expectativas en torno a los giros narrativos (en este caso: una situación de infidelidad debería movilizar alguna explosión dramática). Es algo que sucede de manera continua: aunque haya cierta línea narrativa (Moondog debe terminar de escribir su novela), ésta es frágil y nunca se encadena a estructuras rígidas. Más que perseguir un conflicto, la película fluye libremente como si fuera un poema filmado por su protagonista: con el mismo hambre de vida, con el mismo goce relajado de polvos junto a chicas bonitas, de secas de faso y de noches de fiesta junto a completos desconocidos.

Cada manipulación de la imagen responde a aquel designio: la superficie material de la película (viva, centelleante y elíptica) parece emular el estado de Moondog. ¿No es eso lo que sucede con el montaje? En vez de privilegiar los planos sin cortes, hay escenas enteras llenas de imágenes que quiebran la continuidad de las acciones y los espacios. Acá no importa emular los hechos tal cual acontecen en la realidad, sino que la (libre) asociación de los planos parezca salida de un sueño, de un recuerdo idealizado o del viaje que se pegó un fumón contento. 

Lo mismo ocurre con la paleta de colores: los atardeceres cálidos y brumosos mientras Moondog navega por la costa, el púrpura lisérgico dentro del laberinto festivo que desemboca en una planta alucinógena (expuesta en medio de la sala, como si fuera una obra de museo). Si a Korine no le importa tanto la economía dramática, es porque está comprometido con una aventura diferente: crear una percepción y un lirismo acorde al protagonista. Moondog no sólo se hace carne en el cuerpo de Matthew McConaughey. Respira en la forma de la película.

Por eso, es lógico que uno de sus pasajes haga referencia explícita a la obra de Jean Vigo: el santo patrono del realismo poético (aquel que deformó la percepción objetiva de la vida con los materiales sensibles del cine). El linaje del filme es, de hecho, muy poco americano. Habla mejor la lengua cinéfila de los trovadores franceses. Su estridencia quimérica recuerda a Los amantes del Pont-Neuf de Leos Carax; un film que inicia como si fuera la descripción social de unos vagabundos y crece hasta formar una fantasía. Y la invención puntillosa del protagonista abre un diálogo de muertos con Boudu salvado de las aguas; el film de Jean Renoir que compone una mirada gentil sobre un mendigo liberado de la moral burguesa. Como en The Beach Bum, la actitud anárquica del personaje contagia a toda la película.

El poema hipnótico de Harmony Korine es, por todo esto, una especie alienígena. Existe en un universo propio, lejano de los gestos de lástima, de importancia pomposa y tristeza moralizadora que suelen predicar las ganadoras oficiales como 12 años de esclavitud o Roma. También desconoce aquello que Roger Koza acuñó irónicamente “La Internacional de la crueldad”; cierta tendencia del cine europeo que “duplica las desgracias” del mundo. The Beach Bum, con la actuación eléctrica y descarada de Matthew McConaughey, pasará a integrar orgullosamente las tropas no oficiales del cine. Quedará en las sombras (paradójicamente) por su luminosidad: la única brújula que sigue es la del placer. 

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