María Alché: crepúsculos del cine argentino

El Cortópolis dedica una retrospectiva a la joven filmografía de María Alché. El repaso por sus cortometrajes y su primer largo permite pensarlos como una deriva dentro del cine argentino contemporáneo, en el pasaje del realismo hacia la fantasía. 

Familia STILL_02Familia sumergida (2018), María Alché

 

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada el 18/10/2019 en La Nueva Mañana

 

La filmografía de María Alché es breve, pero lo suficientemente madura como para arriesgar algunas conjeturas. El hecho de que el festival Cortópolis dedique una retrospectiva a su obra (conformada por un puñado de cortos y un primer largometraje misterioso, Familia sumergida) también puede leerse en ese sentido: es a su vez una promesa a futuro y un soplido de aire fresco que ya anuncia tiempos de cambio. 

Los films de Alché comienzan circulando sobre los pasillos ordinarios de casas familiares o sobre los espacios de separación entre dos personas (madres e hijas, hermanas y hermanos), hasta que encuentran un punto de fuga. La irrupción de un elemento extraño cubre los recovecos de la intimidad por un velo de ensoñación. 

En Noelia, la protagonista se hace pasar por la hija de distintas mujeres que niegan ser su madre. En Gulliver, un pibe desconocido se integra a una familia como si siempre hubiera pertenecido a ella. En Familia sumergida, la narración y la puesta en escena giran en una misma sintonía disruptiva: los primeros planos muestran los pliegues de una cortina que se mueve y retuerce, sin que sepamos qué hay detrás de ella. Al principio será sólo una mujer deprimida llorando la muerte de su hermana, pero más tarde será algo diferente. Las mismas cortinas van a escupir fantasmas de antepasados familiares.

Con ese gesto tan simple, la película recuerda que un retazo de tela apolillada puede remitir a algo más que los espacios lúgubres de las casas que recorremos cada día, de las camas en las que nos acostamos cada noche o de las ventanas por las cuales nos asomamos en la mañana; puede ser algo más que un objeto tan ordinario que llega a pasar desapercibido, olvidado en un estante que no hace más que acumular polvo. Las cortinas, bajo la mirada desfigurada de Alché, devienen en augurio o amenaza: detrás de ellas puede haber algo desconocido. 

En otras palabras: los vínculos familiares, presas de mañas y clichés gastados que han reproducido miles de películas, aún pertenecen a una zona desconocida. El linaje familiar de historias tapadas y de diálogos truncos sigue siendo espacio de navegación, porque esas grietas devuelven algo inasible que el cine puede continuar persiguiendo. 

gulliver

Uno de los aspectos más fascinantes de aquel ejercicio es la libertad que le confiere al cine de Alché. En Familia sumergida, por ejemplo, hay momentos en que no se comprende cómo una escena pasa a la otra: la protagonista puede estar recostada con un tipo en un hotel y en el plano siguiente se la ve deambulando por un pasillo oscuro que desemboca en una fiesta de fantasmas. Se trata de una operación del montaje. Cuando la heroína toma el té con sus familiares muertos, las conexiones que unen lógicamente la trama se evaporan. 

Eso no quiere decir que la película carezca de sentido, sino que su principio poético es otro: utiliza las derivas oníricas como un lente deforme para explorar las emociones internas de su protagonista. Por eso, es entendible que María Alché haya identificado a Federico Fellini como uno de los espíritus creativos que ella misma invocó mientras filmaba Familia sumergida. Él es, después de todo, el maestro que pasó de co-guionar películas míticas del neorrealismo italiano a dirigir espectáculos fársicos que abrían lo real hacia la marea de los sueños.

La obra de Alché es en sí misma un punto de fuga con respecto a la ficción argentina que filma la intimidad. Allí, desde Ana y los otros y Nadar solo (dos destellos del coming-of-age en el Nuevo Cine Argentino de comienzos de siglo) hasta películas recientes como Los globos, La omisión o Mochila de plomo, la estética se compone desde un realismo austero, preocupado por fundirse con los ritmos y los tonos de la cotidianeidad. En Familia sumergida, por el contrario, se exige que nos despeguemos de aquellas reglas.

Los universos de María Alché instauran una zona crepuscular: algo brumosa, entre la noche y el día, entre la fantasía y la realidad. Su primer largometraje podría pensarse casi exclusivamente bajo el gesto de cruzar un umbral. Lo que importa es ese estado intermedio; el proceso de pasar de una punta a otra (de comer brownies congelados con los hijos vivos a tomar la merienda con las tías muertas). En una de las escenas más hermosas del film, la protagonista y su amante corren por un bosque. Se abren paso por la maleza, se pierden entre los árboles, se alejan de su ciudad, de sus familiares y sus amigos. “No sé dónde estamos”, dice ella mientras ríe. Y esa imagen es, quizás, la que mejor exprese el cine de Alché. 

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