Relatos morales

Los hipócritas, la ópera prima de Santiago Sgarlatta y Carlos Trioni, propone una nueva avanzada sobre la ficción local pero se tropieza con su visión alegórica sobre las clases poderosas y oprimidas. Se ve desde el próximo jueves en el Cineclub Municipal.

Los Hipócritas - Fotograma 1Los hipócritas (2019), Santiago Sgarlatta & Carlos Trioni

 

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada el 11/10/2019 en La Nueva Mañana

 

En una de las escenas medulares de Los hipócritas, la cámara repta por una mesa de migajas. Cruza las copas de cristal usadas, sobrevuela los copetines de canapés descascarados y choca con Rami y Nico, los fotógrafos acuartelados en el fondo del casamiento. Los dos fueron apartados. Mientras los ricos bailan y chupan y se aprietan en la pista luminosa, ellos comen sobras a escondidas. Toman vino en vasos de plástico violeta y hablan de las películas con las que sueñan: el primero filmará algo sobre sus amigos, el segundo una alegoría de las clases poderosas.

En esa laguna, entre Rami y Nico y entre las familias pudientes y los trabajadores de la noche, la película sostiene su declaración de principios. Si hasta hace poco el cine cordobés había sido cuestionado por sus exploraciones agotadas (las historias adolescentes, el realismo estético, la impermeabilidad a la esfera social y a las tradiciones del cine), Los hipócritas tuerce ligeramente ese rumbo. Está más cerca de la película imaginada por Nicolás que del sueño adolescente que quiere filmar Ramiro. 

El gesto se suma a otras señales de cambio que viene movilizando la ficción local: la oda a Hitchcock y a los géneros clásicos (La mirada escrita), la evocación del misterio en la fisonomía de los cuerpos y los objetos (Instrucciones para flotar un muerto), el enrarecimiento como trampa forzada del guion (La casa del eco). Sobre ese camino en ciernes, Los hipócritas abandona las narrativas intimistas y apuesta por un relato de intrigas con cierta lectura de las clases sociales. Nico, encargado de filmar el casamiento, queda envuelto en una red de mentiras que compromete a los ricos.

Los Hipócritas - Fotograma 4

Allí hay otro rasgo curioso, pero no menor: en esa misma escena donde los amigos conversan sobre sus proyectos, la película ensaya su primer quiebre formal y narrativo. Si hasta ese entonces todo había girado en torno al secreto familiar descubierto por Nico y a la carrera política que emprende el padre de la novia, ahora el film se despega de las acciones dramáticas. Las imágenes del protagonista, envuelto en la bruma azulada de una fiesta, instala otra temporalidad que re-aparece cada tanto. La apuesta allí será por un modo diferente (y bienvenido) de mirar a los personajes: menos apresada por la historia cronológica y más preocupada por crear un clima de ensoñación (lejos del naturalismo), donde las hipocresías de los poderosos intentan exponerse a través de sus gestos, de la vibración de sus cuerpos y de la maquinaria de luces que los abraza. 

Pero los problemas del film se desprenden del resto de sus maquinaciones. Nico, el marcapasos dramático en el cual debemos confiar y al cual el film nos exige seguir, se envuelve en una empresa difícil de aceptar: pone en riesgo su vida y su trabajo para exponer la relación oculta entre dos hermanos, aunque las motivaciones que lo guían a hacerlo nunca están del todo claras. El film deposita todas sus esperanzas en un par de líneas sobre las primeras escenas, cuyo objetivo es sugerir un móvil posible para el protagonista fantasmático.

Ese guiño ínfimo no alcanza, como tampoco alcanza el enojo monocorde que expresa Nicolás (¡ni una seca de porro lo hace palpitar!). En serio, ¿por qué está tan embroncado? Algo semejante ocurre con los antagonistas: el universo de los ricos poderosos no se sostiene por una observación sobre sus prácticas. Lo que hay, en cambio, son líneas de diálogo aisladas, una historia entreverada de traiciones políticas y un registro que no termina de romper la mirada que forjan Nicolás y sus compañeros encargados de filmar eventos: una serie de imágenes bonitas de gente bien vestida, pasándola lindo.

El riesgo, con esos traspiés, es que la película descanse en un imaginario que no le pertenece; es decir, en un imaginario que no construye a través de la ficción. La colchoneta que sujeta a Los hipócritas es el sentido común que puede asignarle cualquier espectador: que los ricos son mala leche, que los políticos son corruptos y que los oprimidos deberían reaccionar. 

Por eso, más que estar en deuda con la tradición del suspenso, el film tiene ascendente en el moralismo Hanekeano y la Luna en Santiago Mitre (el director argentino encargado de reconfirmar el A-B-C del escepticismo: que la política es siempre sucia). Cuando Los hipócritas apaguen las luces, nos habrán hecho festejar que Nicolás intente escrachar la historia de amor entre dos hermanos. Y eso no es una lectura justa del mundo social. Es un fallo de la moral. 

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