¿Cómo predicar la esperanza serrana? O por qué el azar cedió ante los guionistas

El otro verano, la nueva película de Julián Giulianelli, filma la armonía de las sierras y el azar cotidiano desde un guion calculado, donde no hay lugar a los accidentes.

EOV ONLINEv02_EOV ONLINEv02_43779El otro verano (2018), Julián Giulianelli

 

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada el 12/11/2018 en La Nueva Mañana

 

¿A quién no le gustan las sierras de Córdoba? Los últimos años prueban cierta fascinación por las escapadas a la naturaleza. Niños y niñas de asfalto emprenden el exilio y construyen casas de hormigón resistentes a cualquier inspección ecológica. Señores de corbata abandonan sus empresas y sueñan con una vida más simple junto al río, quemándose con el brillo del sol antes que con el de sus computadoras. Y directores de cine acarrean las cámaras hacia terrenos inhóspitos que prometen imágenes prístinas y fotogénicas. Pero toda tendencia siempre corre el riesgo de convertirse en lugar común. Algo de eso deberá enfrentar El otro verano, la nueva película de Julián Giulianelli que une dramas repetidos y formas desinspiradas con la misma rapidez que sus personajes suspiran frente a la belleza de las montañas.

Dos almas perdidas se sanan a través del encuentro, mientras las sierras se asemejan a un simpático empapelado de habitación doméstica. La paradoja: esas personas y lugares parecen bosquejos nebulosos, como si hubieran sido extraídos a la fuerza de una hoja de calcar que ya no funciona. En poco tiempo, El otro verano se encargará de proclamar una lealtad desmedida a esa visión romántica de las sierras, pero también a las máximas que predican los gurús de la dramaturgia: el misterio se sostiene por poco más de diez minutos con dos historias paralelas que amenazan con chocarse (literalmente).

Rodrigo, un tipo amargo, está separándose y remodelando un complejo de cabañas. Juan, un pibe inocente que se ve más grande de lo que es y actúa como si fuera más chico, llega al pueblo de San Marcos en busca de una persona misteriosa. Aquel punto de partida se desenvuelve eficazmente para esbozar el paisaje dramático: si la vida se rompe a pedazos, siempre queda el consuelo de empezar de nuevo.

Nada de esto quiere decir que los desfasajes de El otro verano se reduzcan sólo a repetir una historia gastada, sino más bien a cómo intenta sostenerse en dos patas que nunca se sincronizan de manera cohesiva. Una camina más rápido que la otra. La primera aparece con el retrato del espacio; la atención sobre rutinas mínimas como cortar el césped o nadar en el río y los planos extensos que plasman una cadencia serena hasta emular la sensación de habitar un pueblo chico. La otra se asoma como su contracara, un gemelo malvado que se apodera de toda su consciencia: la elaboración exacerbada (y calculada) que mueve a los protagonistas a su antojo.

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El otro verano se desarrolla en apenas 70 minutos, pero la construcción de los personajes y de su espacio queda devorada por la ansiedad dramatúrgica: ir de un punto A a uno B, repartir la información necesaria y diseñar las acciones aquí y allá para que cada escena concrete su efectividad narrativa. En esa lógica, el maniqueísmo del guion salta a la vista e impide que cada momento fluya como el río. Dos pasajes del inicio sirven de ejemplo. En el primero, Rodrigo va a pedirle dinero a su padre y se lo encuentra (casualmente) en la calle, donde el viejo está vestido de manera tan extraña que parece disfrazado para la cámara. Más adelante, Rodrigo conoce a Juan cuando lo choca accidentalmente con su auto. Lo llamativo de estas secuencias es la rapidez con que se concretan, donde los intercambios son incómodos y los diálogos toscos (¡la conversación entre dos personajes que se conocen de toda la vida tiene el mismo tono que entre otros que se ven por primera vez!). Acá no hay tiempo para darle espesor a los vínculos, porque lo que prima es la impaciencia de resolver los nudos de la trama y avanzar con practicidad hacia el objetivo.

Me atrevería a llamar esto un caso de “incontinencia narrativa”, lo cual es otra forma de decir que la película parece más apurada por arrastrar a sus personajes a donde dicta el guion antes que crear esos acontecimientos. Las escenas tienen comienzo y final, pero nada de carne en el medio. Se trata de un rasgo especialmente contradictorio por el trasfondo dramático que mueve a la película. El otro verano es un film que observa el azar y las casualidades de la vida; su base emocional gira en torno a la idea de que dos personas pueden encontrarse en el lugar y en el momento preciso, sin conocer el efecto transformador que tendrán el uno sobre el otro. Pero los artilugios del guion y las coreografías actorales atentan contra el azar, el accidente o la naturalidad cinematográfica.

De ahí en más, un evento se superpone a otro con una manipulación descarada: revelaciones estereotipadas que pueden anticiparse de antemano, explosiones musicales que se repiten a la fuerza y exabruptos violentos o acercamientos entre personajes que brotan sin justificación alguna. Sin dudas, habrá miles de ejemplos locales y extranjeros que hagan eco de las historias de verano o de la conexión inesperada entre las personas. Pero ninguno de ellos alcanzará para hacer creer lo que sucede en esta película.

 

* El otro verano se verá en el Cineclub Municipal desde el jueves 15 hasta el miércoles 21 de noviembre.

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