Macri ama a los anarquistas

Soledad, la ópera prima de Agustina Macri, dialoga con el presente histórico argentino, independientemente del apellido que lleve la directora. ¿Por qué esta película bienintencionada sobre un grupo de anarquistas de los ‘90 se pelea con el macrismo a las caricias?

soledadfilmeSoledad (2018), Agustina Macri

 

Por Iván Zgaib

*Esta nota fue publicada el 01/10/2018 en La Nueva Mañana

 

Nadie elige a sus viejos. Sería difícil culpar a Agustina Macri por haber estrenado su película sobre anarquistas justo cuando las manchas viscosas de su apellido se desparraman sobre la crisis argentina. Agustina Macri tampoco tiene la culpa de haber lanzado una película sobre la resistencia política a pocos días del paro nacional, mientras su padre se paseaba rimbombante por Estados Unidos, confirmándose como el bufón más ridículo y patético que haya engendrado la historia democrática nacional. Y menos culpa tiene la piba de haberse topado con el estado de pobreza generalizado de la crítica cinematográfica argentina, que se enfrentó a su película de manera incómoda, como un niño que todavía no sabe manejar un juguete nuevo: entre la condescendencia absoluta y los prejuicios faltos de argumentos.

Lo que debería señalarse sobre Soledad, una película donde los anarquistas son perseguidos por un Estado represor, es que dialoga con el presente argentino por el universo ficcional que construye y no por el apellido de la directora. La firma en los créditos es apenas un detalle superfluo en el que se detuvieron la mayor parte de los críticos. Para evitar los análisis psicológicos a la distancia, la mirada podría optar por una dimensión social más justa: la película de Macri filma una militancia castigada mientras en nuestro país el gobierno se ha encargado de estigmatizar la protesta social de manera sistemática.

Los hechos reales que sostienen esta lectura sobran: desde el nuevo poder adjudicado a las Fuerzas Armadas hasta las situaciones de represión injustificada (en el último tiempo, la protesta por la Reforma Previsional terminó con detenciones arbitrarias y las reivindicaciones de los pueblos originarios dispararon distintos operativos de “seguridad”, donde Santiago Maldonado se ahogó y Rafael Nahuel murió por un balazo en la espalda). En los montajes circenses del macrismo, el personaje grotesco que comanda el Ministerio de Seguridad visita los pasillos luminosos de televisión y forja su discurso: toda expresión de la movilización social opositora ha caído en categorías absurdas que confunden trotskismo, kirchnerismo y anarquismo. En esa nebulosa, un cana que dispara tiene más derechos que un pibe asesinado.

Algunos lectores podrán acusarme ahora de que mi análisis es forzado; que Soledad es la adaptación de un libro de Martín Caparrós, que está basado en una historia real y que ni siquiera transcurre en el presente. Se ubica en los ‘90 y sucede principalmente en Italia, por lo cual vincularla a la actualidad argentina sería doblegar las intenciones de la directora. Pero a esos argumentos posibles quisiera contraponer otros: que las películas son como los hijos y los realizadores deben aceptar que toman rumbos propios, más allá de la voluntad creadora; que las películas son organismos que se resignifican por el contexto histórico en el que son filmados y proyectados.  Son afectadas y afectan aquel entorno. Y con esto habrá que explicitar una concepción acerca del cine: no es sólo político discutir a favor o en contra del presidente, sino también pensar que las películas están abiertas al mundo. La distancia entre un espectador y la pantalla es meramente física; en el peor de los casos, se acrecienta con la ceguera de algunos críticos.

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El film de Agustina Macri discute ligeramente con el paradigma del gobierno actual porque está narrada desde el punto de vista de una anarquista: Soledad es una piba porteña de Barrio Norte que descubre la política cuando viaja a Italia. Y la mayor parte de las estrategias narrativas buscan acercarnos al lugar de la protagonista: desde que la vemos enojada porque sus padres la obligan a ponerse un vestido elegante, hasta los títulos que la muestran en situaciones cotidianas, como si estuviera siendo filmada por videos caseros de VHS. La aproximación empática sugiere, en cierto sentido, que ella podría ser la hija, la hermana, la ex novia o la amiga de cualquier espectador que comparta su clase social. Hasta el macrista más acérrimo podría tomarle cariño a la sonrisa inocente de Soledad.

Otra de las particularidades del film aparece con la inclusión de un punto de vista externo: la hermana de la protagonista mira a cámara y relata, a modo de retrospectiva, cómo la familia vivió la transformación de Soledad a la distancia. Ella se fue a Italia, conoció a un grupo de anarquistas y comenzó a participar en operativos contra el poder hegemónico. Y la pregunta de la hermana evoca un misterio: ¿cómo es posible que una chica adinerada y desinteresada por la política terminó militando el anarquismo?

Una de las fallas más evidentes del film aparece con las respuestas a aquella pregunta. Un ping-pong de flashbacks generan un viaje efectista en el tiempo, donde las tensiones dramáticas se resuelven apenas comienzan. En ese sentido, no sólo las respuestas aparecen de manera automática, sino que el arco de transformación de Soledad se construye a los tropiezos. Cuando llega a la casa de los anarquistas, su giro personal no se justifica tanto en torno a las ideas políticas, sino más bien a la relación amorosa que inicia con uno de sus compañeros.

En parte, aquel vacío dramático equivale a un vacío político. Lo que trama la película es una mirada romántica que reivindica a los anarquistas y su lucha contra el Estado, pero su sustento es nulo. Por un lado, los ideales del grupo de rebeldes se reduce a consignas tan universales como vacías: enfrentar el poder, luchar por la igualdad. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué define a ese enemigo al que se enfrentan? Nada de eso toma forma. En el universo de Soledad, las particularidades políticas e históricas son omitidas. Si no fuera por las vestimentas noventosas y el walkman que usa la protagonista, sería difícil deducir la época en que transcurre el relato. Así, las coyunturas de Argentina e Italia se desdibujan al punto que cualquier referencia se convierte en una abstracción completa: Soledad y el anarquismo flotan como partículas invisibles que se desvanecen en el aire.

Ese gesto de inocencia es rebatido sólo en una escena, donde vemos a los anarquistas haciendo un programa de radio: critican a cualquiera que quiera hacer películas sobre ellos, porque traicionaría la profundidad de su visión política. Y en ese punto, Agustina Macri demuestra la inteligencia suficiente como para explicitar la distancia que separa su mirada del universo filmado. Pero esa decisión no alcanza para salvar del vacío superficial en el que se ahoga. Sobre el final, la película habrá desarrollado el arco dramático inverso de su protagonista: en vez de politizarse, el anarquismo se convierte en un signo hueco. Acá ya no importan las buenas intenciones. La militancia y la práctica política han sido desraizados de todos sus sentidos.

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