Córdoba no era una fiesta

Con Casa propia, el director cordobés Rosendo Ruiz vuelve a demostrar sus destrezas formales con un film más dramático, pero corre el peligro de quedar acorralado por la psiquis de un protagonista desaprensivo y machista. Se ve desde el jueves 2 de agosto en salas comerciales.

multimedia.normal.bdeecf3250c4e0d5.436173612070726f7069615f6e6f726d616c2e6a7067Casa propia (2018), Rosendo Ruiz

 

Por Iván Zgaib

 *Una versión de esta nota fue publicada el 30/07/2018 en La Nueva Mañana

 

Ya pasaron ocho años desde que Rosendo Ruiz se catapultó con gracia hacia el centro de la escena cinematográfica argentina. De Caravana, la ópera prima, lo anunciaba como un referente de la producción cordobesa. Sus personajes excéntricos y luminosos formaron una suerte de fauna urbana arquetípica de la ciudad; quizás la mirada más clásica y popular que haya dado el cine local hasta el momento. Con aquel antecedente, no deja de resultar fascinante cómo Casa propia, su nueva película, tiende una mano a ese pasado al mismo tiempo que le corre la cara para explorar territorios nuevos.

La hermosa escena del inicio arroja apenas un primer atisbo donde aquellas tensiones quedan grabadas como en un fresco. Unos pibes de barrio se están riendo, tomando fernet y jugando a la pelota en medio de la calle desierta. Todo indica que estamos espiando algún rincón que podría haber aparecido en el universo-De Caravana, hasta que el fondo de la imagen muestra una situación paralela. Un tipo llega a la puerta de una casa donde discute con su novia a los gritos. Entonces la cámara se va a mover lentamente para reencuadrar el centro de atención, empujando a los pibes fuera de la pantalla y posándose exclusivamente en la casa del fondo. Con ese simple desplazamiento visual, la película parece sugerir tanto un mundo social compartido con la obra anterior de Ruiz como un movimiento hacia el plano de la intimidad. Los personajes vibrantes y vitales van a abandonarse para caer en la contemplación de un protagonista desaprensivo.

Así como lo insinúa su título, Casa propia sigue los esfuerzos de Alejandro por conseguir un departamento y huir de la convivencia con su madre. Pero éste es sólo un disparador que el film propone para observar una dimensión humana más profunda. Lo que acontece es el retrato de un tipo de 40 años desconectado de su entorno afectivo, intentando construir un espacio personal en el cual sentirse a gusto. Y Alejandro va a venir con un sinfín de quejas, gritos y gestos desencantados que estarán plasmados de manera ininterrumpida; un malestar generalizado que Ruiz desanda de formas diversas, algunas más cautivantes que otras. La pregunta central quizás sea, en ese sentido, cómo se propone el acercamiento a este personaje.

El hecho de que el film tome distancia del protagonista (incluyendo los planos donde lo vemos apartado), supone una posición clara desde la cual se lo mira: esto quiere decir, esencialmente, que Alejandro nunca es juzgado por sus actos. Pero incluso a lo lejos no deja de ser llamativo que el protagonista sólo mantenga una conexión afectiva genuina con su mejor amigo, mientras el resto de su círculo cercano (integrado, casualmente, por mujeres) padece sus maltratos constantes. Por eso vale la pena repensar la elección de la distancia, ya que en vez de funcionar como un gesto de respeto hacia el protagonista, la mayor parte de las veces se traduce en inaccesibilidad a sus malestares.

Casa-Propia-Ruiz-BAFICI

En ese sentido, las situaciones dramáticas que parecen configurar su estado psicológico tienden a ser relativas. A la madre enferma de cáncer le pone cara de asco todo el tiempo, pero ella nunca parece tan terrible como para merecerlo (si su relación tiene algún pasado oscuro, no hay nada que lo sugiera). A la hermana le grita porque no se hace cargo de la vieja, aunque a lo largo del film vemos que ella hace lo que puede para ayudarla. Y con la novia tiene apenas una crisis de pareja que podría tener cualquiera, pero acá desemboca en actos de violencia simbólica y física (desde griteríos y quejas hasta destrozos en la casa de la pareja, que son registrados en un plano secuencia cuestionable). Después de casi una hora y media, Alejandro no queda retratado como un personaje complejo sino como uno complicado. Su violencia interminable lo hace, por el contrario, una figura dramática unidimensional: desinteresado por el resto y sin matices.

Los hallazgos más interesantes de Casa propia se encuentran cuando Ruiz confirma su destreza formal para manipular la materia cinematográfica en función del drama. Una escena, por ejemplo, comienza con la cámara paseándose por lo que parece un departamento vacío. Pero el ojo gigante de Alejandro, que se asoma desde afuera por una de las ventanas, pronto dejará en claro que en realidad estamos observando una maqueta. Se trata de un momento misterioso en el cual la película se abre a contemplar el deseo interno del protagonista desde un lugar más cercano.

Y aquella tensión entre el adentro y el afuera (desde la angustia interna de Alejandro a la mirada que la película ofrece sobre él) es también replicada espacialmente: Ruiz filma a su personaje en el espacio público de tal manera que la intimidad queda enmarcada en el universo social que lo contiene. En otra escena, el sonido es utilizado para distorsionar el bullicio de la calle y los pasillos del hospital, reforzando el estado alienante de Alejandro. Es en estas decisiones plásticas donde el film expone una serie de apuestas inventivas que lo corren del realismo obtuso y trillado. En sus mejores momentos se llena de texturas y climas espesos.

Sobre el final, el drama lúgubre de Casa propia parece indicar, ocho años después de De Caravana, que Córdoba no era sólo una fiesta. Que en la ciudad también viven tipos tristes, confundidos y complicados que la pasan como el culo. Pero hay algo raro en esa mirada que entiende al “hombre común” desde una tragedia continua sin placer posible. No se trata, para nada, de que las películas no puedan observar personajes cuestionables, insufribles o depresivos (de hecho, la historia del cine está llena de grandes ejemplos lanzados a mirar esos confines). El interrogante en estos casos es siempre: desde dónde se lo filma, para qué, por qué. Casa propia demuestra exploraciones admirables, pero la pregunta sobre su personaje a veces se desdibuja. La desaprensión de Alejandro exige pensarlo dos veces.

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