Hermosos rebeldes

Recién estrenadas en la plataforma MUBI, las comedias de Julian Radlmaier pueden leerse metafóricamente: trabajadores llenos de sueños empujan para hacerse lugar en el paisaje elitista del cine contemporáneo. Así, el director alemán interroga las posibilidades de imaginar el fin del capitalismo.

images-w1400Self-criticism of a burgeois dog (2017), Julian Radlmaier

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada originalmente el 22/1/2018 en La Nueva Mañana

 

 El comunismo es un espíritu errante que está dando vueltas por la calle; dicen que se escapó de un museo. Y eso que puede sonar a un juego de palabras es, literalmente, el disparador narrativo del primer filme realizado por Julian Radlmaier, donde la utopía revolucionaria se convierte en el fantasma de un poeta soviético. Los personajes lo van a perseguir, lo van a observar, lo van anhelar desesperadamente. En ésta y en todas las películas de Radlmaier, la revolución es esperada como si fuera un Mesías llegando de alguna dimensión desconocida.

También hay un momento de esta filmografía donde Francisco de Asís huye de una pintura del siglo XV y termina en la Alemania actual rezando por la llegada del comunismo. ¿Se volvió el fin del mundo capitalista una suerte de creencia mística, lejana, esperanzadora? ¿Habrá que rezarle a la transformación social como algunos piden por el bienestar de sus seres queridos? Esa puede ser, en principio, una de las marcas distintivas del cine absurdo, surrealista, profundamente cómico y político que ha realizado hasta ahora este joven director alemán. Radlmaier filmó una idea débilmente representada en el cine actual: la revolución como un horizonte digno de ser repensado.

La posibilidad de la transformación social ha sido abordada principalmente por el documental. Películas recientes como No Intenso Agora de Salles o A Feeling Greater Than Love de Jirmanus Saba revisan con melancolía las rebeliones del pasado. Por otra parte, los filmes ficcionales suelen engendrar fantasías indies donde el capitalismo avanzado se ha comido todo, incluidos los ideales. Nocturama de Bertrand Bonello es una de esas películas cínicas que termina mostrando la resistencia política como un acto superficial de jóvenes caprichosos. Y un costado diferente es explorado por los filmes que observan el accionar político bajo la óptica de las elites hegemónicas: The Minister, The Iron Lady y La Cordillera vienen de distintas partes del mundo a conformar aquel imaginario.

Entonces la obra de Radlmaier podría, quizás indirectamente, confrontar aquel escenario. Sus protagonistas no son hombres y mujeres del poder, sino trabajadores comunes y corrientes. En sus películas la palabra “clase social” ya no parece salida de un manual vencido como algunos quieren hacer creer actualmente. Por eso la narración de A Proletarian Winter’s Tale, el segundo filme de Radlmaier, funciona casi como una metáfora de su propia obra: la de unos trabajadores llenos de sueños que luchan por colarse en una fiesta a la que no fueron invitados.  Ese es el paisaje privilegiado del cine contemporáneo.

Toda la línea dramática de aquella película está trazada sobre una situación mínima. Un grupo de empleados pasa el día limpiando un castillo donde se va a inaugurar una muestra de arte. Una de las hazañas del director puede encontrarse en los modos que elige para poner en escena la distancia entre aquellos trabajadores y sus empleadores pacatos. Cuando se inicia el evento, por ejemplo, el organizador está obsesionado con esconder al servicio de limpieza para que ningún invitado importante los vea.

 Entonces Radlmaier utiliza el espacio para expresar aquella separación. Un plano de la fiesta llena de invitados bien vestidos, tomando champagne y escuchando música clásica es seguido por habitaciones desoladas: las escaleras que se alejan de la sala principal, un pasillo donde las paredes se comen todo el oxígeno, un cuarto oscuro en el que los trabajadores juegan a las cartas. Todos los rincones lujosos de aquel palacio son utilizados para dar forma a la desigualdad de clases. Por eso una escalera de caracol no es un decorado inocente; también puede volverse un elemento arquitectónico que devela las relaciones verticales del trabajo. Un solo plano es necesario para componerlo: el empleador llorisquea desde arriba porque China está quitándole protagonismo mundial a Alemania, mientras el empleado lustra los escalones de un piso más abajo.

Un buen perro sabe dónde está parado 

   maxresdefault (1)Self-criticism of a burgeois dog (2017), Julian Radlmaier

El cine de Radlmaier expresa un amor dulce por la pintura. En todas sus películas hay museos, cuadros y esculturas que se contemplan de manera diferente por las clases altas y trabajadoras. Pero esta inquietud además es elaborada internamente desde la puesta en escena: la cámara inmóvil organiza cada plano de forma pictórica, cuidando el equilibrio y utilizando los elementos del espacio para trazar líneas, encierros y aperturas.

Nunca una aproximación más adecuada que en Autocrítica de un perro burgués, la película donde los personajes se preguntan sobre las posibilidades de imaginar la utopía revolucionaria. Ahí, la precisión de cada plano genera ambientes calculados, casi inamovibles. Y Radlmaier acompaña el carácter estático de sus composiciones por pasajes donde el movimiento es posible. Las nubes que se desintegran sobre el cielo entregan el filme a un lirismo misterioso; las vemos  desplazarse, desprenderse, transformarse.  Hay otros elementos visuales que también sugieren posibilidades más allá de lo previsible: una puerta de escape en un cuadro bíblico, un OVNI que aparece en el cielo luminoso. La poesía de Radlmaier se entrega a la misma tensión de sus personajes, entre el cambio y la permanencia del mundo.

El director es inteligente y sabe que toda visión sobre lo real supone una mirada de clase, por más crítica que se muestre con el capitalismo. Por eso no deja de ser genial el carácter meta-reflexivo de su último filme, donde interpreta a un director algo narcisista e inocentón que filma (y subestima) a la clase trabajadora. El personaje va a terminar condenado a ser un perro que reflexiona sobre su propia condición social. Radlmaier cierra así con una autocrítica que funciona como un chiste en el universo ficcional, pero que reconoce asimismo las marcas de clase detrás de la cámara: las películas que estamos viendo no fueron filmadas por el proletariado. Su mirada sobre los personajes, sin embargo, es siempre amorosa. Y hay algo de ese gesto que resulta esperanzador. En el cine de hoy, quizás sea una utopía.

 

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