El camino del héroe colectivo (Festival Internacional de Cine de Mar del Plata)

La última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata permite trazar una línea entre películas dispersas a lo largo de su programación: ¿de qué manera se construyen digresiones narrativas y aproximaciones formales para mirar las fuerzas colectivas?

 

Fabrica de nadaA Fábrica de Nada (2017), Pedro Pinho

Por Iván Zgaib

  *Esta nota fue publicada originalmente el 4/12/2017 en La Nueva Mañana

 

Con cada nueva edición, los festivales de cine suelen disparar balances de la crítica; miradas que buscan abarcar el espectro total de la programación, los fuertes de cada competencia, los estrenos mundiales, los premios que legitiman ciertos tipos de cine e ignoran otros. Pero a una semana de haber finalizado el último Festival de Mar del Plata, quiero proponer una lectura parcial; un recorrido acotado que va a dejar muchas películas afuera, como si se tratara del itinerario de un espectador cualquiera. Un cinéfilo conmovido que se desplaza por la grilla de programación, marcando con un resaltador gastado los títulos que le interesan. Este escrito es, igual que el encuadre de toda película, un recorte; quiero trazar la senda de un mapa que conecta ciertos filmes de Mar del Plata, varios de ellos aislados en distintas secciones, espacios y tiempos.

El recorrido no va a ser arbitrario. Si seguimos la pista, podemos encontrar una conversación oculta desde el período de la Guerra Fría al presente, desde un realismo lúdico de Portugal hacia una distopía latinoamericana: ¿hasta dónde puede abrirse el lente de la cámara para desarmar las estructuras narrativas con la pulsión de lo real? ¿cómo se diluye la figura del protagonista individual en pos de un héroe colectivo? ¿cuántos cuerpos entran en la composición de un plano? Algo de eso palpita con profundidad bajo la superficie de estas películas, donde la puesta en escena se acomoda para observar comunidades, registrando las fuerzas que las unen y separan.

Inventory, programada dentro del foco dedicado al director serbio Zelimir Zilnik, demuestra esa obsesión que se repite en sus distintas películas: un interés especial por capturar a la clase obrera en medio del campo mundial minado por la tensión entre el capitalismo y la Unión Soviética. Filmado en 1975, Inventory es un cortometraje documental que ubica la cámara de manera estática bajo las escaleras de un edificio en Múnich, mientras sus inquilinos descienden uno por uno y se presentan al espectador. Cada vecino cuenta algo sobre sus vidas, sobre las dificultades de trabajar, las esperanzas de encontrar algo mejor o el desaliento por un horizonte oscuro.

En esos nueve minutos, Zilnik graba en fílmico hasta que los rollos fotográficos se acaban, haciendo saltar la edición y reiniciando los testimonios cada vez que eso sucede. Hay una desprolijidad y una crudeza en el registro que le da cierto tono de espontaneidad y ternura, sin cortar los “errores” que en otra película quedarían detrás de la escena: los inquilinos se avisan por señas cuándo tienen que bajar las escaleras o se traban al hablarle a la cámara. Zilnik hace del cinematógrafo un dispositivo capaz de retratar los rostros y las palabras de las personas en un momento específico; está cazando el fluir de las vidas comunes antes de que se conviertan en recuerdos.

Si Inventory deja entrever cierto malestar social, la misma sensación se recompone de manera activa en otras películas contemporáneas. A Fábrica de Nada es el nuevo filme ficcional del portugués Pedro Pinho donde un grupo de obreros descubre que la empresa para la que trabajan va a cerrar y dejarlos sin empleo. Lo que sigue no es una observación reducida a la precarización laboral, sino que se amplía hacia la resistencia que ejercen los protagonistas cuando toman la fábrica. Así, el filme avanza al modo de un drama social que transmuta en digresiones formales y narrativas, entre un registro realista y pasajes fantasiosos, entre el artificio de la ficción y una incisiva mirada documental que se preocupa por escanear el presente. Sobre el comienzo, Pinho filma a los personajes andando por la ciudad mientras se escuchan voces en off que analizan la crisis económica en Portugal; se trata de una estrategia narrativa que ubica históricamente el drama ficcional y lo interpreta críticamente dentro del capitalismo avanzado.

Lejos de resultar panfletaria, A Fábrica de Nada juega con los discursos de los medios, de analistas políticos y de los mismos trabajadores que discuten cómo hacer frente a un sistema desigual que se destruye y se reconfigura sobre su propia tumba.  La película no ofrece respuestas definitivas sino interrogantes que abren la discusión, por eso los procesos de asamblea en la fábrica ocupan un lugar significante en la narrativa. Esa es, en el fondo, la fuerza política y estética más grande del filme: ofrecer la cámara a un proceso de lucha colectiva que se visibiliza, se dignifica y valora.  Si pensamos el anquilosamiento del mundo social y del cine intimista como el síntoma de un capitalismo aparentemente inalterable, A Fábrica de Nada insiste en la necesidad de sostener encendidos los cuestionamientos, aun cuando no encuentren una salida clara.

era-uma-vez-brasíliaEra Uma Vez Brasília (2017), Adirley Queirós

Dentro de esa búsqueda, la perspectiva asumida por el director también se vuelve clave. En vez de mirar a sus protagonistas como si fueran víctimas, Pinho los observa como sujetos políticos que luchan por hacer frente a un contexto confuso y abusivo. Esa es la importancia de una aproximación formal que oscila entre el acercamiento y la distancia: los primeros planos funcionan como retratos hermosos de sus héroes y los encuadres más abiertos los observan en relación a su contexto, en los espacios de la empresa vaciada o en el paisaje industrial de una ciudad llena de edificios fabriles y cortinas de humo que se comen el cielo. Ahí está la paradoja: una comunidad rodeada por la actividad obrera  que aun así castiga a sus trabajadores.

Ese espíritu de lucha colectiva que se apodera de A Fábrica de Nada se presenta de modos distintos en Era Uma Vez Brasília, el nuevo filme donde Adirley Queirós observa la historia y el territorio de su país desde los cuerpos marginales que lo habitan. Los vaivenes de la política brasilera adquieren la forma de una pesadilla distópica, donde un agente intergaláctico se pierde viajando en el tiempo: cuando llega al año 2017 descubre que el Congreso ha sido tomado por monstruos fascistas. El trabajo de Queirós alcanza sus mayores hallazgos por el modo en que se apropia de la ciencia ficción, moviendo el desenlace catastrófico de la humanidad hacia el presente más palpable. En cierto sentido, la película sugiere la imposibilidad de mirar al futuro cuando la actualidad parece urgente. El resultado es una reinterpretación de las reglas del género clásico en función del contexto latinoamericano: el qué y para qué filmar están inherentemente ligados al dónde.

La construcción ficcional se abre entonces a los eventos políticos de Brasil. Ahí aparecen las voces en off de Dilma Rousseff y Michel Temer, que se imprimen sobre las imágenes de la ciudad como un mensaje fantasmal que anuncia el ascenso de la derecha. Pero nosotros nunca llegamos a ver a estas figuras políticas; por el contrario, son empujadas hacia el fuera de campo. Lo que no es visible se convierte en una fuente de peligro, una forma cinematográfica etérea: la vigilancia policial es insinuada por los disparos secos de sus pistolas o por las luces de los helicópteros cayendo sobre el rostro de un rebelde.

El verdadero foco de atención está puesto en los cuerpos marginales del país; los negros de clases populares que fueron expulsados del centro hacia la periferia de Brasilia. Ante las múltiples ficciones encerradas en la elite política (en Argentina el ejemplo más reciente es La cordillera, y en el mundo de los hits televisivos están Game of Thrones y House of Cards), Queirós contrapone una perspectiva diferente: la del pueblo que resiste y se enfrenta al poder.

Por momentos redundante al observar al viajero espacial, la película se mueve con mayor convicción y libertad cuando construye una sensación de disgusto, rebeldía y urgencia. El plano final, donde los protagonistas miran directo a cámara, desata una interpelación poderosa que nos compromete como audiencia. Fue sin dudas uno de los momentos más fuertes del Festival de Mar del Plata, cuya programación abrió esas grietas: películas inusuales que exploran distintas formas estéticas para imaginar al héroe colectivo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s