Sueño invernal de una enamorada («Hermia & Helena»)

 Hermia & Helena, el film más reciente del argentino Matías Piñeiro, recupera una vieja comedia shakesperiana para construir un relato libre, lúdico y contemporáneo acerca del deseo y los afectos. Se verá hasta el miércoles en el Cineclub Municipal Hugo del Carril.

helenaandhermia3-1600x900-c-defaultHermia & Helena (2016), de Matías Piñeiro

Por Iván Zgaib

 *Esta nota fue publicada originalmente el 19/09/2017 en La Nueva Mañana

 

Shakespeare se pasea a la manera de un fantasma en el último film de Matías Piñeiro. En Hermia & Helena, el dramaturgo es tan omnipresente en la cultura occidental como en la vida de Camila, una becaria argentina que viaja a Nueva York para traducir Sueño de una noche de verano. Así, uno podría pensar en Piñeiro como uno de los duendes que embruja a los jóvenes enamorados de aquella comedia; es decir, como una suerte de titiritero invisible que mueve los hilos emocionales de sus personajes y que invoca al dramaturgo inglés para alimentarse de su energía. En ese espíritu, Hermia & Helena es la cuarta película donde el director argentino recupera las comedias de Shakespeare desde una mirada contemporánea. Pero lejos de perderse en un ejercicio nostálgico, su trabajo propone una exploración que entiende la obra del británico como un arsenal del que puede apropiarse para reinventarlo a los fines de su propia poética.

En ese universo de narraciones intertextuales y digresiones pasionales, la vida de Camila es filmada como una serie de estados en proceso: el deseo, el trabajo, el amor y el lenguaje; todos quedan registrados como palpitaciones internas de las imágenes y sonidos que pueden cambiar repentinamente. El fundido encadenado que enlaza ciertas escenas viene a captar ese estado de transformación; el de un elemento que pierde su apariencia para adoptar otra. Las calles primaverales de Buenos Aires, llenas de caminantes con pieles descubiertas y plantas florecidas moviéndose con la brisa del viento, se desintegran bajo la sombra de los puentes gigantescos de Nueva York, sus cielos grises y nublados y sus parques cubiertos por mantos de nieve que esconden el suelo seco.

Mientras la heroína del film intenta traducir a Shakespeare, las problemáticas del lenguaje se incorporan en la forma narrativa de la película. Hermia & Helena presenta un mundo de símbolos mutantes que se desplazan  o reemplazan unos a otros: Camila como becaria en lugar de su amiga Carmen, Nueva York por encima de Buenos Aires, un nuevo amor en vez de otro viejo, el inglés fundido con el español y el presente conjugado con el pasado. “Se cambiaron los papeles de la historia”, dice uno de los textos de Shakespeare que se superpone sobre la imagen mientras Camila duerme, como si sus sueños más profundos se volvieran corpóreos: “Apolo huye y Daphne le da caza. La paloma persigue al palomo, la tierna cierva se apresura en atrapar al tigre”.

A través de estos juegos cambiantes, el film de Piñeiro se convierte en un acto de traducción en sí mismo. Se trata, en algún punto, de una búsqueda lúdica por encontrar formas cinematográficas que expresen las emociones volátiles de su protagonista. Esa respuesta puede estar en los textos de Shakespeare que se imprimen sobre los planos, en un cortometraje en blanco y negro que de repente interrumpe la narración, o en una escena donde el color de la imagen adquiere el aspecto de un negativo fotográfico, asemejando la película a un mundo onírico plagado de criaturas enamoradas bajo tormentas de nieve y deseos confusos. Con esta forma narrativa fracturada, Hermia & Helena introduce flashbacks que resultan inesperados y motivaciones dramáticas que terminan por torcer los caminos de la película. Hay, en ese sentido, un hallazgo de Piñeiro que se mueve sobre una línea delgada: un entramado finamente calculado que no da la impresión de hermetismo sino que, por el contrario, parece abrazar la libertad. Como el estado interior de sus personajes, Hermia & Helena fluye con delicadeza.

A diferencia de Viola, uno de los films shakesperianos donde Piñeiro se concentraba en los primeros planos de sus actrices, la película más reciente abre los encuadres para dejar ingresar el entorno de los personajes. En una visión panorámica, la cámara se desplaza de punta a punta  en un parque y cambia la atención entre dos personajes que se buscan y no se encuentran. Con esta apertura se habilitan encuadres donde el registro de Nueva York se aleja del cliché turístico e inyecta en las imágenes una pulsión palpable de lo real: los personajes de ficción se mueven con el ritmo de la ciudad, sus habitantes y su clima.

Hay algo del descubrimiento de lo real en Hermia & Helena que está, finalmente, en las actuaciones. Agustina Muñoz, que interpreta a Camila, sostiene los planos largos con la misma naturalidad con que filma su director. Casi sobre el final, cuando la protagonista se reúne con un familiar que nunca había conocido, la actriz carga en su rostro la tensión dramática de la escena: la voz en fuera de campo de la otra persona insinúa una distancia, y Muñoz dibuja con sutileza una expresión que mezcla el terror y la desilusión más aplastante con sonrisas ligeras y encantadoras. Con esa verdad cinematográfica entre manos, Hermia & Helena nos sugiere que sus autores no han sido poseídos por el fantasma de Shakespeare. Todos ellos lo han poseído a él. Su universo ahora se ve con nuevos ojos.

 

 

 

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