Hacer o no hacer Hamlet

Entre cámaras y trincheras,  Eugenia Hadandoniou lleva a escena Ser o no ser Hamlet, una adaptación libre de la tragedia clásica. Al desenterrar a Shakespeare como a un viejo fantasma, la obra de la directora abre interrogantes sobre los sentidos posibles que puede tomar Hamlet en la actualidad.

dsc04527Fotografía: Lula Boix

Por Iván Zgaib

 

*Esta nota fue publicada originalmente en la edición de Noviembre de 2014 en la revista Deodoro

 

Es viernes por la noche y afuera truenan los cielos. Puertas adentro, el centro de investigación y producción teatral DocumentA/Escénicas reúne un grupo de actores y dramaturgos que conversan sobre Hamlet. El punto en común: casi todos ellos se han acercado a la obra en algún momento para llevarla a escena. De modos distintos, con búsquedas diferentes, todos se han sentado a dialogar con Shakespeare. Y ahora dialogan entre ellos.

“¿Por qué después de tantos años, por qué después de tanto tiempo seguimos haciendo Hamlet?”, se pregunta allí el director teatral Cipriano Argüello Pitt, haciendo referencia a esa especie de eterna obsesión que parece rodear a la obra. El interrogante es claro: 450 años por delante del nacimiento de Shakespeare, sus escritos continúan haciéndose cuerpo sobre el escenario de distintas salas alrededor del mundo. Cuatrocientos cincuenta años más acá en la historia, este grupo de personas se refugia entre cuatro paredes para discutir acerca de Hamlet un viernes por la noche.

Frente a Argüello Pitt está sentada la actriz y directora Eugenia Hadandoniou, cuyas palabras en este conversatorio representan un ejemplo concreto en esa experiencia contemporánea de llevar Hamlet a la escena: después de ganar el premio FEATEC 2014, el proyecto con el que pretende adaptar la obra de Shakespeare hace su estreno en Córdoba en los meses de octubre y noviembre. “Yo elijo Hamlet como un diálogo con su autor”, comenta Eugenia. Frente a las discusiones que se persiguen en aquel conversatorio, Ser o no ser Hamlet, la obra de Hadandoniou, pone de manifiesto una pregunta que permanecía allí latente: ¿Por qué hacer Hamlet hoy?

 

Hamlet  2014

Hamlet hoy no transcurre entre los muros del teatro Isabelino. Hamlet hoy no evoca las palabras exactas que alguna vez escribió el viejo Shakespeare. Hamlet hoy quizás no sea Hamlet. La obra de Eugenia Hadandoniou cuenta la historia de tres actores rezagados que ensayan la clásica tragedia inglesa bajo la sombra del encierro y la opresión. “El mundo es una cárcel” se escapa de la boca de uno de ellos, y como tal, la escena deviene en una especie de trinchera teatral en la cual los actores se encierran junto a sus espectadores. Por fuera de ese “adentro”, los ecos de una fantasmagoría sonora parecen anunciar el presagio de la guerra que amenaza con inmiscuirse hacia las trincheras en las que los actores ensayan sus líneas.

El escenario no está hecho de tablas, tampoco de madera ni cemento: es de tierra, barro, mugre.  Sobre esa marea de muerte navega Martín, que haciendo de su piel la de Hamlet llora a gritos el asesinato de su padre. “¿No es mejor la muerte, papá?”, escarba Hamlet en sus propias angustias en tanto se abre a la tumba del fantasma que lo acecha. “¿Por qué volvés a las tierras que te echaron?”, cuestiona desconsolado a ese espíritu errante que le reclama la venganza.

Allí Hamlet desentierra a su padre; cava, penetra y abre la tumba para hablar con este muerto cuyos mensajes fantasmales lo cargan con el peso de su mandato. Por debajo de esa escritura, la apuesta teatral de Hadandoniou se vuelve un desafío que parece emular el diálogo con los padres muertos, ese acto desesperado por hacerse de palabras para llenar el vacío que nace junto a la agonía de aquella supuesta fuerza magnánima.  “La misma anécdota de desenterrar este fantasma del padre”, comenta la directora, “sería un poco cómo desenterrar a este Shakespeare para ver qué me quiere decir hoy, ese Shakespeare que sale como a hablar de su tumba”.

Eugenia habla entonces con Shakespeare. En la obra, este diálogo toma la forma de los tres actores cuyas propias historias se funden con las de sus personajes. En paralelo a la meta-teatralidad y al fantasma de la guerra, el Hamlet de Hadandoniou muta a partir de la incorporación del lenguaje audiovisual como dispositivo dramatúrgico. La propuesta no se sostiene tanto en la proyección de videos, sino en la incorporación de un músico y un camarógrafo que intervienen dentro de la escena, al punto de volverse personajes que persiguen a los actores mientras ensayan la obra. Esta vuelta de tuerca, dice Eugenia, responde a una búsqueda por enlazar lenguajes distintos, sin incorporar el video como algo separado, sino integrado a la escena misma.  “El video no está por quedar lindo”, explica, “La idea es que ese pseudo artificio de la proyección pueda poner en juego qué realidad nos estamos creyendo y cuál nos están vendiendo”.

Ser o parecer

Sobre el escenario, Hamlet pide a su madre que le cante una canción. La voz del músico entona una melodía en tanto ella simula ser quien está cantando. El camarógrafo los registra: sobre la proyección impresa en el muro, el músico desaparece del cuadro y la canción parece provenir genuinamente de la madre. Esta escena es una entre las muchas que expresan el modo en que el lenguaje audiovisual interviene construyendo dramáticamente. Asumido ese lugar, el dispositivo de la cámara aporta otra capa de realidad sobre los distintos universos que comienzan a entretejerse en escena hasta que el “ser” y el “actuar” se vuelven indiferentes.

En Ser o no ser Hamlet, los mundos de la ficción y la realidad, de lo dado y lo construido coexisten y se mueven sobre bordes muy porosos que se van borrando hasta enterrarse como otro gran muerto. Los actores son actores, personajes, hombres, mujeres, padres, hijos: roles. “En la vida cotidiana venimos representando tanto”, comenta Eugenia, “y por qué no preguntarnos si vale la pena representar en el teatro, en un mundo donde lo único que hacemos es ponernos máscaras”.

Si el ser es parecer, el ensayo en que se embarcan los tres actores hace tambalear la realidad misma del público que los observa expectante: hacia el final del día, ser hijo, padre o amante es la actuación más grande de nuestras vidas. Tanto como la de Martín haciendo de Hamlet, o Santiago llevando la pollera de Ofelia. En este juego de máscaras y desenmascaramientos, aquello que se tensiona es siempre el mandato social que recae sobre las identidades, y la multiplicidad de representaciones que se desprenden de ello. He allí el peso del padre, que se levanta de su tumba a exigir a Hamlet que asuma el rol de hijo.

Por debajo de este mítico muerto, existe otro más. Mientras el camarógrafo se lanza al suelo, el lente de su mirada enfoca una fotografía de Shakespeare que cuelga del techo. Cuando el rostro filmado del dramaturgo se proyecta en la pared, Martín se le acerca y exclama confundido: “¿Papá?”. Shakespeare es un padre más: de los dramaturgos, de los actores, del arte contemporáneo. Shakespeare aparece como otro mandato potencial, pero la obra de Hadandoniou se lanza a las trincheras desde una mirada autoral para apropiarse del clásico y hablarnos de nuestra época. Cómo hacer Hamlet, esa es la cuestión.

 

 

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